LADO OSCURO V
By Reina Canalla
Desprecio
La macabra noticia traspasó fronteras y llegó hasta la prensa nacional e internacional:
"Pedro Faldero, contable de profesión y vecino de Blanes, fue hallado el pasado jueves en los alrededores de dicha población. A su lado, el cadáver de Don Cerino Gros, el acaudalado propietario de Embutidos Gros, horriblemente mutilado.
Dos agentes de la guardia civil, alertados por los gritos de auxilio que profería una criada, que llegó corriendo y sin aliento al pueblo desde el bosque cercano a la costa, se dirigieron al lugar de los hechos. Allí encontraron, efectivamente, los cuerpos de dos hombres en una extraña posición pero, al contrario de lo que suponía la nerviosa muchacha, no se trataba de un acto contra la moral pública, sino de un claro caso de homicidio.
El cuerpo de Don Cerino estaba desnudo y con los genitales sesgados. En un primer momento, se supuso que había muerto a causa de desangramiento tras la horrible mutilación. El Sr. Faldero, en cambio, no mostraba heridas.
A las pocas horas, se presentó el médico forense para realizar su informe, más espeluznante de lo que pudiera imaginar mente alguna. Don Cerino, efectivamente había muerto por pérdida masiva de sangre pero no debido a la amputación, sino a un profundo y afilado corte realizado en el recto. El tajo de las partes pudientes había sido posterior a la defunción del ilustre empresario, lo que demuestra el hecho de que la zona no estuviera cubierta de sangre como sería lo lógico.
El médico inspeccionó también al Sr. Faldero y descubrió un objeto que obstruía su garganta y que le había provocado la muerte por asfixia. Se le hubo de practicar al cadáver una raja en la garganta para poder extirpar el susodicho objeto. Grande fue la sorpresa de los presentes al comprobar que se trataba de los genitales amputados de Don Cerino.
Tras conocerse la noticia, ha cundido el pánico en la población, que exige mayor protección por parte de la guardia civil. El sagaz inspector, Lucas Gálvez, famoso por la resolución de los más intrincados casos, ha sido enviado hasta Blanes para dirigir la investigación y calmar los ánimos públicos..."
El joven Perico Gallindo, con temblores en las manos, deja el periódico sobre la mesa. No existía ninguna relación entre Gros y Faldero que no fuera la Srta. Alicia. Asunto del que él mismo forma parte.
Se agita nervioso, incapaz de permanecer sentado ni cinco minutos. Pasea en círculos por el salón decidido a denunciar sus sospechas al inspector y así, al menos, protegerse de la amenaza de asesinato que se cierne sobre sus hombros. Pero debería también confesar su falta y eso le pondría en un grave aprieto ante la justicia, aunque tal vez su padre... como es el alcalde... Qué hacer, se repite una y otra vez. Por otro lado, resulta inverosímil pretender que la niña Alicia haya podido ser la causante de tan desagradable crimen. ¡Imposible! Ella, tan frágil y delicada... le parece todavía tenerla bajo su peso, como una muñeca endeble, mientras se clavaba una y otra vez en su angosto interior. No cabe duda de que era virgen, qué diferencia a las prostitutas que frecuenta en los barrios bajos de Barcelona, o a María la Caliente, que vive algo alejada del pueblo y no duda en abrirse de piernas por pocas pesetas.
Recordando, se le ensaliva la boca y el miembro se le endurece. Alicia era increíblemente estrecha. Apretaba su sexo como si de una prisión de carne se tratara y él luchaba por adentrarse más, desgarrarla sin miramientos hasta el fondo. Y cree que lo consiguió, lástima que el placer se hizo insoportable y hubo de escapar de tan agradable cobijo para estallar fuera. Pero si vuelve a verla, si vuelve a tenerla indefensa, no dudará en hacerle conocer toda su fuerza, su furia, y jura que se quedará dentro y le hará tragarse hasta la última gota.
El pensamiento disuelve el temor al homicidio y la mano se agarra firme al sexo hambriento, sacude con furia y pronto se viene el desdichado.
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El joven Gallindo no aguantó ni siete días la clausura autoimpuesta por miedo al asesinato. Al octavo día, con gran consuelo para sus padres que lo creían enfermo, ya sale a la calle el presumido mozo a pavonearse ante las criadas y lavanderas del pueblo. Galán sí que lo es pero sólo enamora a niñas sin dote ni beneficio, será que le ven más lustro al dinero del alcalde que al plumaje del hijo. Y ahí va, con su purito cubano en la boca, su traje de franela y sus andares algo desviados. Es la moda de Madrid, se dice, y sigue adelante meneando las caderas.
Como buen cazador, el ojo avizor pendiente de las mozas hermosas. Cuando pasa una le suelta un "guapaaaaa" y se queda satisfecho si consigue un rubor de sus mejillas. Se mete igual con solteras que casadas, con señoritas de buena familia que pobretonas arremangadas. Y alguna vez se ha ganado una afrenta con el marido o padre de turno pero, a ver ¿quién tiene el valor de zurrar al hijo del alcalde? Que mucho no costaría tumbarlo, pues es escuálido y de espalda estrecha como una mujer, pero mucho pesa su apellido.
Un coche negro se para ante él. Corre la cortinilla el Sr. Marqués para saludarlo:
-Buenas tardes, mi estimado Perico. Muy ocupado debe estar en sus quehaceres que no le veo desde hace días.
-Sr. De Pertegás!! -exclama el joven algo perturbado.
-Suba al coche que me gustaría comentarle un asunto del que presumo un gran interés por su parte.
-Discúlpeme, yo...
-No sea tímido que hay confianza.
-Precisamente tenía que acabar unos encargos... para mi padre... no debo retrasarme...
-Vamos, vamos, será sólo un momento. Mire, no le voy a engañar... -el Marqués abre la portezuela y susurra- ... es sobre los asesinatos del Sr. Gros y el Sr. Faldero. Me temo que corre usted un gran peligro y es mi deber alertarle.
Perico Gallindo se ha quedado pálido.
-¿U... usted cree?
-Sí, pero no es cuestión de hablarlo en mitad de la calle. Suba al coche que tendremos la discreción que precisa la conversación.
Gallindo comprende que se va a nombrar el incidente acaecido con la Srta. Alicia y, más preocupado él por las chismosas que todo lo oyen, sube al coche sin rechistar.
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Camino del palacete del Sr. Marqués, el nervioso Perico suelta la lengua y expone sus temores y lo inaguantable de la situación. Carlos le escucha atentamente sin pronunciar palabra.
-Y... y dígame, Marqués, usted tendrá controlada a la Srta. Alicia ¿verdad?
-¿Controlada en qué sentido, amigo mío?
-Bueno, no es que vaya a pensar que ella tiene algo que ver en este feo asunto pero bien podría haber contratado a alguien para... hum... vengarse...
-La he recompensado copiosamente por la virtud perdida, puedo asegurarle que está más que satisfecha. Seguramente la hallaremos deleitándose en los jardines de mi casa, tendrá la ocasión de saludarla y comprobar por si mismo que tan dulce criatura no le guarda rencor alguno.
Perico se recoloca nervioso en el asiento. Había deseado volver a encontrarse con Alicia, volver a tomarla, pero el buen juicio ha ganado a la lujuria y puede presentir el peligro. Su único consuelo es el sol brillante y orgulloso que anuncia que faltan horas para su ocaso. A la luz del día, con tantos testigos, nadie podría dañarle, en ese pensamiento se confía.
Alicia acude corriendo y sonriente a recibirles cuando el coche hace su entrada en la verja del jardín:
-¡Carlos!¡Carlos! ¡Mira que flores para hacer un bonito centro de mesa! La primavera ha llegado con antelación... -Alicia se sube al escalón del coche y se apoya en el ventanuco todavía jadeando por la carrera-. ¡Ah! Sr. Gallindo, qué sorpresa, me alegro de verle.
La expresión de la joven parece sincera y Perico se relaja.
-Buenas tardes, Alicia -toma su mano para besarla cortésmente, gesto que ella responde con una atenta sonrisa.
-¿Se quedará a tomar café?
-Nada sería más de mi agrado.
-Entonces me daré prisa en prepararlo, los sirvientes libran hasta mañana.
Alicia da un salto y corre hacia la casa, arremangándose las faldas largas para no tropezar y sujetando el ramo como puede.
-Encantadora -dice el Marqués.
-Cuánto le envidio -dice el otro.
-El matrimonio no es algo de envidiar entre solteros, mas si lo dice por el placer de poder gozar sus carnes a mi antojo, es cierto que mejor no podría ser mi suerte ¿Quiere volver a catarla, Sr. Gallindo?
-¿Podría?
-Ella obedecerá mis órdenes.
- Qué gran hombre es, Sr. Marqués. Todavía no la han casado sus padres y ya le sirve fiel y leal como si fuera usted su esposo y su amo. No es fácil encontrar mujeres tan decentes, ni entre las pobres ni entre las ricas.
En la sala, Alicia le hace grandes fiestas al invitado mientras le sirve y le anima a comer las deliciosas pastas.
-Coma, coma, que está usted muy delgado. Coma más que no aguantará el esfuerzo y se nos desmayará en el intento -le guiña un ojito.
Y ríen los dos caballeros por la soltura y la gracia de la bella Alicia.
El sol está cayendo y Perico aprovecha la luz mortecina para arrimarse a Alicia y colocar una mano en su pecho. Ella sigue sonriendo sin molestarse. Tras la mano van los labios... Y al bajar la cabeza, siente el hijo del Alcalde que la sangre le abandona y cae sin sentido en el regazo de la joven.
-Perico, despierta... Buenas noches ¿Está cómodo su alteza? -la dulce voz de Alicia no deja dudas pero su rostro se le muestra borroso-. ¿Se quedará a dormir? Eso espero porque le hemos preparado una fiesta... como las que le gustan... ya me entiende...
Y bien que entiende pero hay algo que no acierta a comprender: esa somnolencia que le domina, ese terrible presentimiento y el olor a humedad en el ambiente. Parpadea con fuerza, abriendo bien los ojos para acostumbrarse a la tenue luz de las velas. Los miembros le pesan pero el horror comienza a invadirle cuando comprueba que no puede moverse, que sus manos y piernas están prisioneras.
- ¿Teme que le hayamos encadenado? Oh, no ha hecho falta, mire -y Alicia le toma el brazo desnudo y se lo levanta a la altura de los ojos-. ¿Lo ve? No hay cuerdas, es sólo que tiene el cuerpo dormido. Mi prometido me ha adiestrado bien en drogas y somníferos, soy muy afortunada de que disponga de la paciencia para enseñarme.
-Es que eres una alumna diligente y aplicada, si te lo permitiera, te licenciarías en medicina en tiempo record -Carlos la toma por la cintura y la besa en el cuello-. Estará usted de acuerdo, Sr. Gallindo, en que es la mujercita más encantadora del mundo entero.
Perico intenta abrir la boca para preguntar pero... ¡no puede!!! Parece tener la lengua anclada en el paladar, los labios rellenos de hierro... Les mira aterrado, comienza a llorar... Pero ya es demasiado tarde, ha caído en la trampa que tanto temía, la trampa que tendieron a Gros y luego a Faldero, ahora le toca a él pagar su deuda.
Carlos enciende un cigarro y se acomoda en una butaca para disfrutar de la maldad de su futura esposa, esa mente tan perversa que siempre consigue sorprenderle. Más que amarla, la admira, y es consciente de que es obra suya, su más grande creación. El placer de haber despertado su lado oscuro sólo es igualable al placer de permitírsele contemplarlo, de habérsele dado la oportunidad de gozar paso a paso cada nueva crueldad. En pago, una promesa secreta: serle fiel y leal hasta que la muerte los separe pues ninguna otra mujer merecería como Alicia su rendición absoluta, la adoración del Marqués. Sintiéndose así enamorado, entorna los ojos para disimular la emoción que le produce esa muchacha de fina figura, menuda todavía como una niña, pero con la decisión y las agallas de todo un general.
Alicia, vestida como en las anteriores ocasiones con pantalones y levita oscuros, canturrea una cancioncilla infantil mientras va colocando alineados, sobre la mesa en la que se haya tendido Gallindo, toda una serie de instrumentos quirúrgicos. El desgraciado, que lo ve, lucha para poder moverse, para poder empujarla y salir corriendo de aquella casa. Pero no puedo hacer movimiento alguno, los ojos y los párpados son lo único que parece tener vida en su cuerpo inerte.
-Coma coma, Sr. Perico, que está usted muy delgado...
Alicia le abre la boca y le introduce un puñado de algo... Algo que se mueve y que le produce un cierto cosquilleo. De pronto, una mancha oscura se acerca subiendo por su nariz, y otra por el costado en dirección a una oreja... Otra mancha le pasa por encima del ojo y le obliga a cerrar el párpado... Ahora ha podido verlo con claridad: ¡cucarachas! Intenta gritar, consigue emitir un sonido nasal parecido a la introducción de una de las canciones que suelen cantar en el coro de la iglesia. Alicia ríe:
-Tiene un gran sentido del humor, cantaremos juntos si no le importa -y se pone a cantar cuidando bien de no desafinar.
"¿Qué impresión le producen estos asquerosos bichitos? ... Opino lo mismo, me causan una repulsión insoportable, son asquerosos, igual que tu -y Alicia deja de sonreír-. ¿Quieres saber lo que se siente cuando los tienes dentro? Oigo uno corriéndote por el esófago... hace chuc chuc con sus patitas... Vamos a ponerte unos cuantos más..."
Perico se ahoga, intenta toser pero tampoco puede. Las cucarachas atrapadas en su boca, salen por las comisuras de los labios, vuelven a entrar, algunas se infiltran por la laringe... Alicia toma un cilindro hueco de vidrio de aproximadamente tres centímetros de diámetro por quince de largo, humedece el exterior con una sustancia resbaladiza y lo acerca a la vista de su víctima.
-¿Sabes que voy a hacer con esto? -Perico abre bien los ojos- Eres más inteligente de lo que creí.
Aunque el hijo del Alcalde no puede sentir nada en las piernas, en los genitales ni en otras zonas de decoro, puede imaginarse perfectamente la acción de Alicia. Sus dedos untando con el lubricante la entrada y luego introduciendo con facilidad el cilindro. Casi puede verse: abierto y vulnerable. Pero ella desea realmente que pueda verse y le incorpora, acercándole un espejo.
-Corren como desesperadas, una detrás de otra... ¿Cuántas cabrán ahí dentro? ¿Diez? ¿Veinte? Espera, tengo otra sorpresa para ti, no te has dado cuenta pero... mira ¿reconoces esto? -Alicia le restriega el rostro con un trozo de carne sangriento y luego lo balancea ante sus ojos-. El objeto de tu orgullo, tu bien más preciado, ahora será alimento de los bichos -y lo tira con rabia contra la pared del sótano.