LADO OSCURO I V

By Reina Canalla

Asco

Pedro Faldero ha continuado llevando los asuntos del Sr. Ferran. Cierto es que pareció desaparecer unos días tras el incidente en casa del Marqués. La gente del pueblo hacía comentarios sobre si se habría escapado con los duros de alguno de sus acaudalados clientes pero al final resultó que sólo había ido a pasar unas vacaciones en casa de una anciana tía suya. Con objeto de enternecer el corazón de la vieja y ocupar el primer lugar en el testamento, dicen las malas lenguas, con objeto de huir de la justicia, piensa acertadamente Alicia. Mas el contable, viendo poca fortuna en la herencia: una casona con necesidad urgente de reformas y unas pocas tierras yermas, de necesidad hubo de regresar al reclamo del Sr. Ferran.

Alicia luce su más cándida sonrisa cuando su padre y el Sr. Faldero entran en la sala del piano para hablar de negocios acompañados de la melodía de Chopin. El Sr. Faldero comienza a sudar nervioso, cosa sospechosa pues quedan semanas para la primavera. Poco a poco se va tranquilizando y atendiendo las peticiones del Sr. Ferran. Sus temores son infundados, está claro que la niña Alicia ha callado sobre la afrenta y valora más su honra que no la venganza. O tal vez, piensa, tal vez es que no está disgustada.... Viéndola ahora vestida de blanco inmaculado, moviendo ágilmente los dedos sobre las teclas de marfil, la mirada brillante y risueña y esos labios finos abiertos en una amplia sonrisa, es imposible concebir que no sólo no está molesta por lo ocurrido sino que es posible que aún le hubiera gustado. Y el desearía tanto volver a tenerla bajo su peso, volver a tocar su piel clara y mojar los dedos en el flujo de su rosado sexo, volver a notar sus labios apretados sobre su órgano eréctil... Ha perdido la concentración en las palabras del Sr. Ferran y se disculpa con risa nerviosa, pone de excusa lo maravillosamente bien que interpreta a Chopin la señorita Alicia.

-El señor Marqués se lleva una joya. ¡Cuánto van a echarla de menos en la casa! -dice pelotillero Pedro Faldero.

-Ah, no lo sabe usted bien. Mi esposa no hay día que no llore de pena y yo le digo que es de alegría de lo que debería llorar pues nuestra pequeña Alicia no podría ser más feliz con el buen partido que le hemos encontrado: noble, con buenos ingresos, culto, joven y, por si fuera poco, atractivo. He tenido que prometerle a la señora que iríamos a visitar a la niña todos los domingos después de misa. Y yo le digo: mujer, pero si ya los veremos en la iglesia, pero ni con esas. Ay, mujeres ¿quien las entiende...?

-Complican lo sencillo pero nos alegran la vida.

-Razón tiene, Faldero, mucha razón. Y oyéndole hablar en esta guisa... ¿no será que tal vez se haya echado usted novia?

-Jajajaja... que cosas tiene, Sr. Ferran. Cuando me instale en la casa de mi tía, ya me buscaré una moza decente del pueblo de allá, en Torrecillas de la Hermosa.

-Bien hará, que con sus años ya le conviene tomar mujer y engendrar hijos.

Y así hablan y hablan, joviales, animados por la felicidad que contagia la joven Alicia. En un momento dado, el Sr. Ferran sale de la estancia a buscar unos documentos y el Sr. Faldero se queda a solas con Alicia. Ella sigue sonriendo y eso le da pie a acercarse y a entablar conversación con ella.

-Alicia... no sabe cuánto significa para mi verla tan feliz.

-¿Y por qué no habría de estarlo? ¿Conoce usted algún motivo por el que debería estar triste o turbada?

Faldero permanece en silencio sin saber que responder. ¿Sabrá Alicia que él fue uno de los que la mancillaron? ¿o desconoce su identidad y por eso oculta tan secretamente lo vivido?

-¿Recuerda la última vez que nos vimos? -pregunta audaz el contable.

-En casa de mis padres, si no me equivoco.

-Tal vez sí.... Debe usted saber que guardo un grato recuerdo y que no me importaría volver a repetirlo.

-Pues aquí estamos -Alicia deja de tocar y le ofrece su mejor sonrisa.

-Oh, Alicia -Faldero se arrodilla ante ella y le toma las manos besándolas-. Usted me hace enloquecer.

-Por Dios, Pedro, guarde la compostura que estoy prometida y mi padre no tardará en volver. Veámonos esta noche si tanto me desea, pero lejos de aquí, lejos de las criadas chismosas, en el bosquecillo de la costa. ¿Sabe usted cuál le digo?

-Sí, sí... allí estaré sin falta al tocar las campanadas de la media noche.

-Jajaja... como la Cenicienta, esperemos no vaya usted a perder el encanto natural... pillín -y diciendo esto, Alicia le pellizca la mejilla y sale al jardín a saludar a su madre.

La luna en cuarto creciente ilumina débilmente el bosque, situado en un montículo sobre el mar. El contable viene canturreando feliz por el camino de la playa y sube luego el sendero que lleva hasta el solitario bosquecillo. Llegado al punto de encuentro, se detiene y se sienta bajo un gran pino. Saca su reloj de bolsillo... las doce en punto. Que afortunado es, ha conseguido ser puntual, a pesar del alboroto que están montando los guardias en el pueblo debido a la desaparición de Cerino Gros. Y él, curioso por naturaleza, le ha preguntado a su casera y ésta, hábil informadora y no menos chismosa, le ha contado que la amiga de la hermana del ama de llaves del Sr. Gros había informado en el cuartel de la guardia que su señor había desaparecido hacía dos días. En el pueblo no había rastro del millonario y se procedería a hacer batidas por los alrededores. Vuelve a consultar su reloj... las doce y dos minutos. Ya se retrasa la señorita Ferrán. Comienza a inquietarse... ojalá ella no haya tenido miedo de ver peligrar su honra con tanta vigilancia.

-Pedro... -una voz dulce surge cerca de él.

-¿Alicia? ... ¡Por fin! -y se gira buscando el lugar del que procede la voz- ¿Alicia?

-Pedro... ¿usted sabe lo que es el asco?

-Alicia dónde se esconde, no la veo... -Una sombra se mueve entre los árboles y el Sr. Faldero corre a su encuentro-. No sea traviesa, no se esconda...

Alicia se desplaza ágil con su capa negra, jugando con la oscuridad que le da ventaja, hasta que conduce al ingenuo pretendiente al lugar exacto.

-El asco es un lago de aguas sucias que surge en las entrañas, es la nausea que nos lleva a vomitar. Usted... usted me da asco...

Alicia se deja ver. Vestida de nuevo con prendas masculinas entalladas, los cabellos sueltos y caídos salvajemente a ambos lados de su rostro. No hay dulzura en su mirada, ni la inocencia que aparentaba la Alicia vestida de blanco que tocaba el piano, no hay sonrisa risueña ni rubor en sus mejillas. Sus manos, enfundadas en sendos guantes de piel, se aferran a la pechera del contable y lo empujan hacia atrás. El Sr. Faldero está tan impresionado por la aparición que reacciona tardíamente, cuando sus posaderas han chocado con la tierra fría. Forcejea con la joven y consigue quitársela de encima, echando luego a correr confuso y sin dirección.

Carlos acude a su encuentro y le detiene:

-¿Qué prisas son esas? ¿Qué le sucede, amigo mío?

-Sr. Marqués... es horrible... una pesadilla... ¡No es una mujer, es un demonio y quiere vengarse! ¡Ayúdeme!

-Cálmese y explíquese mejor...

-Alicia... -el contable jadea exhausto por el miedo y la carrera-... Alicia... Pero... ¡un momento! ¿qué hace usted aquí, en un lugar tan apartado y a estas horas? -el Sr. Faldero ha comprendido la trampa-. Usted y ella.... -le mira horrorizado e intenta huir pero recibe un fuerte golpe en la cabeza y cae de rodillas al suelo con un reguero de sangre bajándole por la sien.

Entre Carlos y Alicia, arrastran al desdichado contable bajo un árbol, al lado de otro cuerpo, un gran cuerpo. Alicia le junta las manos por encima de la cabeza y luego las ata al áspero tronco del pino, hace lo mismo con los pies procurando dejar el cuerpo bien extendido boca arriba sobre el suelo. Se sitúa de pié encima suyo y espera a que el Sr. Faldero recobre algo de conciencia y abra los ojos.

-Buenas noches...¡perro! -y Alicia apoya ligeramente el tacón del zapato sobre los genitales del contable.

-¡Basta! ¿Qué comedia es esta? ¡Suélteme! ¿Es qué se ha vuelto loca?

-Sí ... -y la joven le mira con un odio que ilumina su rostro de forma infernal y aprieta un poco más el talón.

El contable reprime un quejido, su orgullo le exige negarle la satisfacción a esa hembra impúdica y sádica que tan altaneramente se le muestra. Y eso que él llegó a creer que ella era diferente a las otras, que ella valía la pena. Una flor tan tierna, tan inocente... pero ha resultado ser igual de ramera que las otras.

-¡Puta! -exclama Pedro Faldero con los ojos llorosos de rabia y dolor.

-Esa boca sucia... -y Alicia pisotea sin reparos el bulto bajo su pie.

Esta vez el contable grita sin reparos, aúlla lastimosamente a la sesgada luna con todas sus fuerzas. Alicia ríe entre dientes, le ha gustado el sonido del dolor y repite una y dos y tres veces la acción, y a la cuarta le da con todas sus fuerzas. El Sr. Faldero se ha quedado pálido, con la boca abierta y los ojos desorbitados. Alicia se detiene, no es su intención dejarlo sin conocimiento, para nada, ella quiere que él sea consciente de todo. Sube hasta la altura de la cabeza del Sr. Faldero y se desabrocha el pantalón, bajándoselo un poco y mostrando su rosita fresca y desnuda.

-Seguro que la echabas de menos... ¡Abre la boca o te pisoteo la cara!

El contable sabe que esa Alicia perversa no está haciendo bromas, que bien puede destrozarle el rostro y aplastarle los ojos sin ningún miramiento, y abre lentamente la boca temeroso de lo que pueda ocurrirle. Alicia se agacha en cuclillas apoyándose en el tronco del árbol y acerca su sexo a la boca de su víctima pero sin llegar a rozarla. Se concentra y deja fluir un chorrito de orín dorado directamente al improvisado cuenco. El contable siente el impulso de cerrar la boca ante el líquido amargo pero la vigilancia de Alicia es severa y continúa con la boca abierta, tragando todo el orín que Alicia había acumulado expresamente en su vejiga. Alicia se siente liberada de la presión de su vientre. Un increíble placer la embriaga al sentir por un lado el aire frío acariciando su sexo y por el otro el aliento cálido del contable humillado y el orín caliente que cae siseando impulsado por los músculos del perineo. Suspira satisfecha y al acabar se restriega por la nariz y los ojos del Sr. Faldero, evitando bien los dientes de la boca.

El ir y venir, el roce del clítoris sobre las pestañas, la cuenca de los ojos, la presión de la prominente nariz sobre su rezumante entrada... nariz que no duda en introducirla hasta donde es posible para notarla acariciar su lado interno. Todas estas sensaciones le inflaman el sexo hasta el extremo que la sangre le arde por dentro y entonces acelera el ritmo de frotamiento y aprieta los dientes con fuerza al sentir la ola de calor que le estalla por dentro. Se aferra al tronco y apoya la mejilla en la rugosa corteza temiendo perder el equilibrio. Su sexo palpita como si tuviera vida propia, siente el flujo que escupe su vagina inundar el rostro del contable, sus gemidos, primero fuertes y agudos se van apagando y espaciándose. El placer pasa de ardiente a dulce, de intenso a mimoso, y ella permanece en la misma posición hasta que deja de percibirlo y recobra el sentido de la realidad, entonces se levanta, se abrocha el pantalón y desaparece de la escocida vista de Pedro Faldero.

El asustado contable la espía de reojo pero no distingue bien lo que hace, está demasiado oscuro. Le parece que está sentada sobre una roca o un bulto grande... no, no puede ser una roca porque, por la manera en que ella se desliza, es suave y mullido. De pronto, Alicia saca un puñal... el contable ve brillar el acero y ahoga un grito. Pero el puñal no es para él, no, le sirve para sesgar algo... Alicia se le acerca de nuevo con algo en una mano y el puñal en la otra.

-¡Abre la boca!

El Sr. Faldero niega tímidamente con la cabeza llorando de forma lastimosa.

-Por favor... no me hagas daño... te daré todo lo que tengo...

-¡Abre la boca y no me lo hagas repetir de nuevo!

El contable abre tímidamente la boca sin dejar de sollozar. Alicia sonríe de forma tan perversa que le hiela el corazón y le hace temer lo peor. Alicia le introduce ese "algo" dentro de la boca, bien adentro, y se sienta a su lado a esperar, feliz y risueña.

Faldero nota ese "algo" rígido y frío pero también suave y un poco esponjoso. Intenta escupirlo pero es demasiado grande y está demasiado bien encajado. Hace esfuerzos para empujarlo con la lengua y situárselo en un lateral pero es inútil, le llena toda la boca y le obliga a tenerla abierta. Comienza a producir saliva de forma involuntaria y eso hace que el objeto se vuelva peligrosamente resbaladizo y baje hasta la garganta. Los músculos de la boca comienzan a fatigarse del esfuerzo de mantener la mandíbula desencajada y se agarrotan. El dolor aparece, fino y constante, hasta que la zona se queda insensible. Cuando pierde el control, es inevitable que el objeto vaya cayendo por su propio peso, vaya adentrándose por la garganta, atravesando la campanilla y se quede atravesado en la traquea. Ya no circula el aire.