LADO OSCURO III
By Reina Canalla
Dolor.
De todos los sentimientos o sensaciones, el dolor le pareció el más llevadero, tal vez por eso prefirió vengarse primero del "dolor". No quería que la debilidad y fragilidad tan propias de su anterior vida la traicionaran y le hicieran retroceder en su objetivo. Por eso escogió al "dolor" antes que al "asco", la "repulsa" y el "odio", por creerlo más fácil de vencer que los anteriores.
Cerino Gros suele cenar los días impares en el hostal de la villa. No se cansa de elogiar la comida tan rica y opípara de la mesonera, la mejor cocinera del mundo, según él, aunque, todo sea dicho, el gran señor (lo de "gran" no es precisamente por su gran corazón) no ha salido nunca del pueblo catalán. Los días pares suele invitarse a cenar en casa de sus conocidos o le ordena a su ama de llaves que le prepare cochinillo al horno, es lo único que al parecer le queda sabroso a la pobre mujer. Pero esta noche cae en día impar. La noche es tranquila, no demasiado fría teniendo en cuenta que febrero ha entrado con nevadas, y el señor Gros ha despedido al cochero, le conviene caminar, según su médico. Así que carga con sus kilos pesada y lentamente hasta el hostal, entra y no sale hasta pasadas dos horas. Ya es bastante tarde, mira su reloj de bolsillo. Ahora se arrepiente de no tener su coche a disposición pero con suerte encontrará uno libre. Mientras, se dirige a la calle mayor, allí será más fácil parar un coche o encontrarse con algún amigo dispuesto a acercarle a su casa.
Sus pasos son cortos y torpes, se para cada poco tiempo a resoplar y a maldecir su suerte. Y para colmo la calle está solitaria, ni una sola alma y menos coches. Es lógico, estas ya no son horas decentes para pasear. Que remedio, tendrá que llegar a su casa por sus propios medios, a pie. De pronto oye un ruido. Se gira pero no ve a nadie. Será la contrapuerta de alguna ventana. Sigue avanzando y tiene la extraña sensación de que le siguen. Que tontería, piensa, esto no es la ciudad, en el pueblo todos son buena gente, debe ser la imaginación que se desborda ante tanta oscuridad y silencio. Pero no, no es su imaginación, ahora puede oír claramente el sonido de unos zapatos golpear los adoquines. "¿Quién anda ahí?", pregunta el señor Gros algo inquieto y con el sudor resbalándole por la frente (y eso que es invierno).
-Cerino Gros... qué casualidad encontrarle a estas horas.
-¡Carlos! ¡Carlos de Pertegás! Oh, señor Marqués, que susto me ha dado -el sr. Gros respira aliviado.
-¿Se dirige a su casa? Permítame que le acompañe en coche, lo he dejado aquí cerca... si usted quiere, claro.
-Acaba de salvarme la vida, Sr. Marqués.
-Jajaja... no será tanto.
-Sí que lo es, no puede usted imaginarse mi padecer. Ahora le estoy doblemente agradecido, no se crea que olvidé el grato momento que pasé en su palacete.
-El placer fue mío.
-Y... ¿tiene pensada otra reunión como la anterior? Ya sabe que puede contar con mi discreción.
-Ciertamente. Cuando la srta. Alicia se convierta en mi esposa podrá usted venir a cenar con frecuencia.
El rostro redondo y ancho del Sr. Gros se ilumina con una amplia sonrisa recordando el culito blanco e inmaculado de la que había dejado de ser la dulce niña Alicia. Permanece en silencio unos instantes, tal vez fantaseando con aquella entrada estrecha y rosada que él no tuvo reparos en forzar y lastimar para poder verterse dentro. Pero reacciona y se lleva las manos a los bolsillos del abrigo, nervioso, tal vez disimulando una erección involuntaria. Carlos sonríe cínicamente y, llevando una mano al hombro del Sr. Gros, le acompaña hasta un callejón oscuro...
-¿Y dice usted que ha dejado el coche aquí? -pregunta Cerino.
-Aquí lo dejé... ¡Ah, cochero borracho! Habrá ido al Hostal a hartarse de vino.
-Pues vayamos para allá.
-No, esperaremos ¿Dónde se ha visto que el amo salga a buscar al criado?
-Sí, sí, que razón tiene... -y el Sr. Gros se queda callado esperando a que Carlos continúe la conversación pero él no lo hace y el silencio se alarga y se alarga en ese callejón sombrío.
Aprovechando la falta de luz, Carlos de Pertegás desaparece entre las sombras.
-Tarda mucho... no quisiera importunarle pero yo creo... vaya, aconsejaría, que vayamos hasta el Hostal por ver si está allí.... -Cerino habla con la mirada baja temiendo la recriminación por su impaciencia pero Carlos no le contesta-. Oh, pero no vaya usted a enojarse, podemos esperar un poco más... ejem...
-Se acabó la espera... cerdito -una voz femenina pero áspera le responde.
Es una mujer vestida de forma masculina, al estilo de hace un siglo, con pantalón ligado bajo las rodillas, medias blancas, zapatos con grandes hebillas y una levita negra o azul oscuro muy elegante que se le ajusta al talle marcando sus ligeras curvas. Cubierta toda ella por una capa negra ancha y larga que, además de darle abrigo, tiene la función de ocultar su identidad.
Cerino presiente el peligro y se acobarda. Todos los que saben que son culpables temen el día en que les llegue el castigo y Cerino intuye que le ha llegado el momento de expiar su pecado. Pecadillo, como diría él para quitarle importancia, pero el mal ya está hecho. Y no debería temer a esa figura grácil y menuda, sobretodo si la comparamos con él, tan grande que de habérsele tirado encima la hubiera aplastado. Pero el miedo debilita la razón y contemplar el valor y el arrojo de esa mujer, que no puede ser otra que Alicia, ese cambio tan impresionante que ha transformado un ángel en un ser diabólicamente hermoso y perverso, trastocaría a cualquiera, con más motivo al Sr. Cerino Gros, hombre de poca voluntad, de poca nobleza, de piedad escasa, hombre débil, al fin y al cabo.
Su garganta no puede proferir gritos de auxilio, tropieza y se viene al suelo de espaldas, mojándose las manos con orín, a saber si de perro o de hombre. Su rostro se paraliza en una expresión grotesca y desencajada como si estuviera viendo al mismísimo Satanás (lo que hace la imaginación de un hombre atormentado por su conciencia). Alicia le salta encima y, aplastándole los pulmones, le enrolla una cadena al cuello uniéndolo a un poste de hierro (de esos para dejar atados los caballos), luego se la pasa bajo sus gordas y cortas piernas, obligándole a elevarlas, y cerrando seguido y rápidamente, como si lo hubiera hecho toda la vida, los dos extremos con un fuerte candado. No se fía del silencioso pánico de su víctima y opta por introducirle un pañuelo en la boca. Cerino enrojece de miedo, de vergüenza, de asfixia. Alicia se le acerca a un palmo de la cara, le sopla el flequillo y mirándole fijamente con sus ojos grandes y azules, dulcemente ambiciosos, le dice:
-Dolor.
Y desenvainando el puñal plateado que le regaló Carlos se lo muestra al asustado animal que yace inmovilizado en el suelo. Y con una calma impropia de su extrema juventud desciende por la panza de Cerino, parándose a contemplar su grotesca obra pero no se distrae de su objetivo y, como hábil costurera, va descosiendo con la punta del cuchillo las costuras del pantalón de Cerino. Luego desgarra los gruesos calzones de lana y deja al descubierto el enorme pero increíblemente suave trasero del Sr. Gros. Lo palmea divertida, riendo entre dientes, hasta que nota la excitación en su propio vientre y su fresca boca se le llena de saliva caliente. Se muerde el labio inferior intentando controlar el palpitar de su sexo atrapado entre esos pantalones ajustados que no está acostumbrada a llevar. Gime. Cierra los ojos para oír mejor como le corre la sangre por dentro, para saborear el placer de sus labios hinchados que se frotan el uno contra el otro, de su entrada ardiente que rezuma néctar y que ella nota como le va humedeciendo la masculina prenda. Y al volver a abrir los ojos, jadeando, se concentra solamente en introducir la empuñadura en el centro de esa gran masa pálida y temblorosa como gelatina, en ir abriéndola con más cuidado del que el Sr. Gros no tuvo en perforarla a ella. Y ahora la gira, la empuñadura, ahora la aprieta hacia dentro, más y más mientras el desdichado hombre lucha en vano por liberarse, llorando a lágrima viva en silencio obligado. Al llegar al fondo, cuando sus dedos agarrados a la pequeña guarda del puñal tocan el orificio dilatado, hermosamente dilatado a su parecer, pierde la serenidad y el mimo con el que estaba obrando, se vuelve violenta y le embiste una y otra vez, saliendo y entrando agresiva, sin cuidado, como una fiera que tiene prisa.
Sale, gira el puñal y vuelve a entrar definitivamente.