LADO OSCURO II

By Reina Canalla

 

Carlos de Pertegás, ojos claros, de un gris cristalino, cabellos lacios y algo largos, oscuros como la noche, que le caen a un lado del rostro alargado, pálido, levemente sonrosado. Sus manos son también largas y de finos dedos, tersas y suaves, bien cuidadas como corresponde a un miembro de la nobleza. Y su porte es alto y delgado, bien vestido, siempre de negro y con sombrero de ala ancha y copa baja. Poco hablador, muy prudente, soporta bien el alcohol y no se le conoce ningún escándalo, aunque se comenta que frecuenta las casas de opio y algunos burdeles... seguramente son habladurías provocadas por la envidia. Eso piensa la dulce Alicia que es incapaz de verle ningún defecto a su joven prometido porque además Carlos es joven, realmente joven para ser licenciado en medicina, veinticinco años.

De vez en cuando el joven Pertegás visita la villa y pasea por los jardines nevados con su amigo Camilo, charlando de sus cosas. Si ve a Alicia asomada en la ventana de su cuarto la saluda cortésmente y ella se ruboriza y devuelve el saludo. Y a ella le gustaría que Carlos subiera las escaleras y llamara a su puerta... pero eso nunca pasa, su prometido es muy formal y mantiene las distancias. La pequeña Alicia se tumba en su cama de sedosas sábanas, cierra los ojos y se imagina que su amado prometido entra en su habitación, se acerca a ella, se quita un guante y la acaricia delicadamente por encima del blusón y ella desea que él descienda hasta su lugar secreto... Entonces se levanta y se pone a llorar porque eso que piensa es un grave pecado y tendrá que volver a confesarse, es la quinta vez en un mismo mes, qué pensará el señor párroco.

Camilo entra sin llamar y la encuentra echa un mar de lágrimas, arrodillada y con las manos juntas a la altura del pecho en posición de rezar. No puede evitar echarse a reír.

- No te rías de mi, mal hermano, de seguro que iré al infierno por mis pensamientos impuros.

- Jajajaja.. si eso fuera así, hasta el cura estaría condenado. Que yo le he visto llevar su mano al fardo cuando alguna niña le confiesa sus fantasías. Y cómo te mira, que el palo que esconde tras la sotana se le infla y se pone así... -dice haciendo un gesto con las manos.

- ¡Calla! ¡Deberías confesarte por tus sucias palabras!

- ¿Yo? Jajajaja... limpia tengo la conciencia... todavía... -y se acerca a su hermana por detrás y reposa sus manos en sus hombros acariciándolos y echando las mangas del blusón hacia abajo y besando su cuello y mirando de reojo los blancos pechitos que se asoman inocentemente-... todavía...

El señor de Ferran tiene que acudir a Barcelona dos o tres días para dirigir las transacciones del puerto y su esposa le acompaña encantada pensando en las boutiques y los sombreros de moda, Alicia decide extraordinariamente quedarse en casa sola a pesar de que casi todo el servicio libra. El motivo es sin duda la visita de Carlos a su hermano Camilo. Ella desea tanto verle y esta vez intentará acercarse a él y conversar, tal vez se dejará tomar la mano... Su madre no está muy conforme pero el padre la tranquiliza, está Camilo y Merceditas para vigilar la honra de la niña.

Ya los ve la niña alejarse con el coche y ya ve a su hermano y a su Carlos sentados en el banco, conversando y disfrutando del tenue calor de este sol invernal. Y ya vuela Alicia hacia el jardín pero de pronto le entra la timidez y se detiene y se queda junto a la puerta de la casa sin poder dejar de mirarlos. Carlos y Camilo se levantan y salen de la finca. Alicia se siente desdichada, perderá su oportunidad de hablar con su prometido y les sigue a distancia prudente, esperando encontrar el valor para alcanzarlos. Los dos jóvenes suben por la calle mayor y salen a las afueras del pueblo, entrando en la mansión de los Pertegás, un edificio de estilo neogótico y con tendencias modernistas. Alicia se detiene, duda, piensa, se lamenta y al final llama a la puerta. Nadie le contesta... La puerta está abierta y entra.

- ¡Sr. Carlos! ¿Estad usted ahí? ¿Camilo? Soy Alicia...

No recibe respuesta y está a punto de salir corriendo cuando escucha unos ruidos en el piso de arriba. Claro, por eso no le han abierto la puerta, no deben haber oído la llamada. Reúne todo su valor y sube las escaleras...

- Sr. Carlos... disculpe, la puerta estaba abierta... ¿Hay alguien ahí?

Un movimiento violento, unos brazos fuertes que la agarran por detrás, una mano que le aprieta la boca y la nariz y un olor muy fuerte a medicamento, no puede respirar... no puede...

- ¡Mercedes! - grita Camilo entrando en su casa.

- ¿Qué desea el señor? - sale la criada de la cocina limpiándose las manos en el mandil.

- El Sr. Carlos nos ha invitado a mi y a mi hermana a su mansión, estaremos fuera algunos días...

- Pero la señorita... los señores...

- Guardarás el secreto ¿verdad, Merceditas? - y Camilo pone un billete de cinco duros dentro del prominente escote de la muchacha, aprovechando de paso para apretarse contra su cuerpo y hacerle notar el bulto de su sexo- ¿verdad?

- Ahá... lo que diga el señor.

"¿Me quedé dormida? ¿Cuánto tiempo ha pasado?". Piensa la niña Alicia mientras se va despertando. Todo está oscuro y no consigue situarse. Le duelen los brazos e intenta moverlos pero parecen atados, estirados por encima de su cabeza, uno a cada lado. Está tumbada en una superficie dura. Intenta sentarse porque al menos las piernas las tiene libres pero todavía está muy mareada. Por el frío que siente se da cuenta de que le falta el vestido y su cuerpo está frágilmente protegido con la fina ropa interior: un blusón y unas enaguas de hilo. Tiembla. A medida que se va acostumbrando a la oscuridad puede percibir el lugar. Parece una gran habitación sin muebles, a excepción de la mesa en la que se haya prisionera y unas pocas sillas. Los pórticos de las ventanas están cerrados y también las cortinas pero un fino haz de luz se filtra y hace dibujos en el suelo. Llora. Entonces una luz más fuerte la deslumbra, es un candil y alguien que ha entrado en el cuarto. Oye varias voces y alguien que se le sitúa detrás y le toma la cabeza pasando un pañuelo por sus ojos.

- No llores, este es un gran día -dice él mientras le hace un nudo al pañuelo.

- ¡Camilo! ¿Camilo, eres tu? Tengo miedo, ayúdame...

- Shhhhh... calla y disfruta del momento porque yo pienso hacerlo

Y puede sentir las manos de su querido hermano recorrer su cuerpo y desabrochar los botones de la camisa. Alicia protesta y llora, suplica que la libere pero unos labios junto a los suyos la acallan, una lengua que sin permiso entra en su boca. Y puede sentir ahora un cuerpo sobre el suyo, un bulto duro y cálido que se roza contra su lugar secreto y presiona cada vez más fuerte. Los gemidos de... de Camilo. Alicia lucha con las piernas intentando liberarse de su hermano pero varias voces se acercan y muchas manos fuertes agarran sus dos rodillas inmovilizándolas a ambos lados de su cuerpo. La fría hoja de un cuchillo que se posa en sus labios le corta la respiración, está tan asustada que no puede articular palabra, y desciende por su cuello y rodea sus senos y baja hacia el ombligo, por debajo de sus enaguas y la rasga, la ropa, y deja al descubierto aquello sagrado que nadie debería ver. Ovaciones silenciosas de sus opresores y otras manos que no son las de su hermano que cogen sus pechos y los amasan; y otras bocas feroces que parecen querer devorarla mordiendo sus pezones, su cintura... Y Camilo cada vez más excitado la besa en su sexo virgen y Alicia se estremece. Y él introduce su lengua en su entrada y luego un dedo y dos... Alicia grita, siente dolor y de nuevo se revuelve e intenta luchar sin conseguirlo. Camilo libera su sexo de los pantalones y la acaricia con él. Quema, es húmedo y duro y sin pedir permiso se va adentrando en Alicia muy lentamente. Los gritos de la niña son desgarradores pero a nadie de los presentes parecen sobrecoger. Una vez Camilo está dentro de su hermana, se va moviendo adelante y atrás y va acelerando el ritmo. Ella está agotada de tanto llorar y ya sólo deja escapar quejidos que se acomparsan con los gemidos de placer de su hermano. Camilo se mueve ahora con más violencia y sale de golpe llevándose una mano al sexo, haciéndolo estallar y cubriendo a su hermana de su esperma caliente mientras grita de placer. Jadea extasiado y se inclina junto a ella besándole la mejilla.

- La próxima vez seré más delicado...

- ¡Suéltame! - grita Alicia estallando de nuevo en llanto- Suéltame... porfavor...

- Caballeros, es su turno. Cuiden de no dejarla preñada.

Y Camilo toma una silla y se sienta junto a su amigo Carlos para contemplar el espectáculo.

Como lobos hambrientos se lanzan sobre su presa sin piedad, desgarran sus ropas arañando su fina piel. Alicia no sabe cuántos son pero no hay lugar en su cuerpo que no toquen, pellizquen, inspeccionen, baboseen. Un morro de cerdo olisquea y lame su sexo dolorido y húmedo de sangre por la profanación de su hermano. Unos dedos que intentan penetrar su otra entrada, consiguiéndolo, a lo que sigue un órgano gordo y demasiado blando al principio que la lastima y desgarra. Un perro a cuatro patas encima suyo penetrándola con sus zarpas sucias y de uñas largas, obligándola a meterse su pene flácido y maloliente en la boca, sentándose encima de su cabeza, asfixiándola, aplastándola. Y un gallo, ágil que se sube encima suyo, aparta las zarpas del perro y se introduce en ella de golpe y con elegancia mientras el cerdo va haciendo su faena más abajo. Y así va siendo devorada, uno, dos y tres, hasta que las tres bestias van sucumbiendo. Primero el perro, inundando la cándida boca de Alicia, luego el gallo que a la fuerza debe salir de tan acogedor cobijo y esparcirse sobre la blanca piel de la niña, por último el cerdo que no tiene reparos en dejar su semilla en ese lugar antinatura. Uno, dos y tres... y Alicia yace inerte encima de la mesa, con los ojos abiertos y fijos, como muerta.

- Ha perdido la venda de los ojos - dice el perro asustado.

- Mírala, no creo que pueda reconocernos... -responde el cerdo

- No esperemos para averiguarlo -contesta a su vez el gallo.

Los tres se visten de aquella manera y van saliendo después de inclinarse y saludar al marqués.

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El perfume de Carlos es a la vez áspero y dulce, como el de los cigarros que fuma.

Alicia no siente como es desatada y tomada con mimo en los brazos del marqués, no siente como es cubierta su desnudez con un manto cálido y suave hecho de pieles de borrego, no siente su cuerpo pero puede oler el profundo aroma de Carlos, que la embriaga... que la conduce al olvido y a la serenidad. Y se queda dormida y sueña, sueña con animales grotescos que se le echan encima y la lamen, olisquean y violan una y otra vez. Y al fin abre los ojos al oír cantar al gallo de la mañana.

Claro, piensa mirando la luz que se filtra por las cortinas, ha sido una pesadilla. Pero... esa lámpara no es la de su cuarto, ni esta cama inmensa donde yace cubierta de pieles es la suya... Se incorpora asustada pero pronto vuelve a tumbarse llevada por la fatiga de sus miembros. Entonces siente un dolor agudo y profundo allí en su lugar secreto y otro mucho peor en el orifico anal. Y se da cuenta del sabor amargo que hay en sus labios y de que a su piel se haya pegado un líquido seco y blanquecino. Pasa las horas tumbada recordando cada minuto del día anterior, porque supone que fue ayer cuando tuvo la mala idea de entrar en la mansión del marqués sin avisar. Puede volver a oír las voces, los gritos de placer de sus agresores y... sobretodo... los gemidos de su hermano. Y se tortura con esos pensamientos, maldiciendo el día en que fue parida por su madre.

La luz del ventanal se va extinguiendo cubriendo a la joven Alicia de tonos dorados. Y va cayendo la luz hasta que las penumbras se apoderan de la estancia y la puerta y las paredes desaparecen engullidas por la oscuridad. Todo sigue en silencio como cuando despertó. Sólo las voces dentro de la cabeza de Alicia que parecen estar vivas.

El dolor de su delicado sexo se va transformando en un desagradable escozor acompañado del hedor de los flujos y la sangre. ¿Dónde está aquel dulce y suave perfume de rosas que desprendía su piel cada mañana? ¿Aquel olor de niña bien cuidada? No se reconoce. Entonces la realidad rompe el círculo vicioso de sus recuerdos y siente necesidad de un baño para borrar los síntomas del ultraje y volver a sentirse limpia.

Se levanta a tientas quejándose en silencio pues no quiere ser oída por ningún habitante de la casa... es demasiada la vergüenza que siente y ahora comienza a darse cuenta de la gravedad de los hechos. Pero sus ojos no pueden ver en la negrura de la noche y sus piernas están entumecidas, tropieza una y otra vez buscando un punto de apoyo, una palangana con agua, un bacinete en el que orinar... Unas punzadas horribles en el estómago le recuerdan que no ha ingerido alimento ni agua desde hace demasiado tiempo. Se arrodilla en el suelo desfallecida y se marea al notar el amargo sabor de su aliento. No puede por menos que recordar lo que aquel hombre-perro sin rostro le introdujo en la boca, una serpiente larga, gruesa, dura y maloliente que se movía entre sus dientes y que ella temía que le entrase en la garganta y se le quedara dentro. Y luego el líquido alcalino, caliente como el fuego que le inundó la faringe aunque ella intentó en vano escupirlo. Le vienen arcadas y acaba vomitando lo poco que tiene en el estómago.

Se desplaza a rastras palpando la pared pero no encuentra los utensilios que precisa para su higiene. No sabe con certeza si ha recorrido gran parte de la habitación pues realmente es inmensa, supone que no porque no ha hallado ninguna puerta y todavía no ha llegado de nuevo a la cama. El suelo está frío. Tiembla. Se decide a abandonar la pared y adentrarse al centro de la habitación para al menos tumbarse en el lecho y cubrirse con la pieles pero el camino se le hace largo, está perdida en la oscuridad y ya no tiene fuerzas para seguir. De pronto siente algo caliente entre las piernas, lleva su mano a la ingle y se da cuenta que se ha orinado encima. Avanza un poco más hasta encontrar una alfombra y allí se queda tumbada, dormida de nuevo, sin conocimiento.

-Alicia, Alicia... -oye una voz lejana en la oscuridad- ... despierta Alicia...

Ella intenta abrir los ojos pero no lo consigue, aunque entre el espacio de los párpados le llega una luz anaranjada cubierta de una sombra que se mueve.

- Pequeña Alicia... es mi culpa, yo te cuidaré hasta que te cures...

- Sed... -dice ella con voz rota, desgarrada por el sufrimiento-... sed...

Carlos de Pertegás la lleva en brazos hasta la cama y allí la abriga. La luz de la lumbre hace tiritar sus sombras confiriéndole a la escena una aire fantasmal y siniestro.

- Yo te alimentaré con lo más preciado que tengo para pagar mi deuda. Tu derramaste tu sangre por mi capricho, ahora yo derramaré la mía por ti -y diciendo esto se sienta en una silla al lado de la agonizante niña, toma una navajita del bolsillo de su chaleco, apoya el filo contra la parte interna de su muñeca y lo presiona contra la carne hasta que rezuma la sangre como si se tratara de un pequeño manantial. Luego lleva su brazo sangrante hasta los labios de Alicia y lo aprieta contra su boca mientras con la otra mano sujeta fuerte su cabeza para obligarla a beber.

Alicia emite un leve quejido pero no se defiende. El sabor de ese líquido espeso que se le adentra entre la comisura de los labios es ferroso, al principio desagradable pero es cálido y calma el escozor y la sequedad de su garganta. Lo va tragando con lentitud hasta que vuelve a quedarse dormida.

Carlos se inclina sobre ella y la besa en los labios para limpiar los restos de su sangre. Luego moja una suave esponja en el agua jabonosa de una bandeja y la va pasando cuidadosamente por el cuerpo de Alicia. Mientras la va lavando la va besando, como si de un ritual se tratase. Al llegar a su sexo se detiene y actúa todavía con más delicadeza en compensación por la brutalidad de sus invitados. Y con la lengua va limpiando cada pliegue, cada entrada dañada, y con su saliva va cicatrizando cada herida.

Los días se suceden unos a otros con cálida semejanza. Carlos entra en el cuarto y asea a Alicia cuidadosamente con la esponja como si ella estuviera dormida o fuera una muñeca incapacitada, exactamente como la primera vez. Pero Alicia no duerme, le mira con sus profundos ojos azules, le observa cada movimiento en silencio y se deja limpiar, acariciar, besar... lamer... Y cuando siente la lengua amorosa de Carlos acoplarse en el interior de su rosa y su saliva ardiente que la va llenando como si fuera un cuenco, ella suspira, cierra los ojos y se niega a mostrar ninguna emoción. Al marqués no parece importarle la frialdad de la joven, continua su tarea en silencio hasta que en el reloj del pasillo dan las doce. Entonces se desliga el vendaje de su muñeca y, ayudándose de un bello puñal de plata, vuelve a abrirse la herida, extiende su brazo y se lo ofrece a Alicia para que beba el jugo de sus venas. Ella ha aprendido a apreciarlo y lo saborea con calma, a veces desearía poder beberse toda la vida de Carlos y cobrarse así su venganza pero la sangre del Marqués parece venir de una fuente sin fin.

Al terminar, Carlos besa en los labios a su prometida, luego en los ojos y el tercer beso cae suavemente en la frente. Sin mediar palabra sale de la estancia y abandona a Alicia hasta bien entrada la noche, hora en que regresa y realiza la misma ceremoniosa rutina de la mañana. Alicia ha perdido la cuenta de las veces que el Marqués la ha visitado, no sabe en qué día está ni tampoco le importa. Recuerda con pereza que sus padres regresarán de su viaje a Barcelona y que para entonces deberá estar bien sentada en la silla de su cuarto bordando las sábanas de su ajuar. Cuando su madre venga a darle un beso ella la sonreirá con inocencia virginal y le preguntará por las novedades que han acaecido en la ciudad. Su madre hablará y hablará y ella seguirá sonriendo sin dejar su labor. La primera noche, en su desesperación, quería huir de casa de los Pertegás, correr hacia la ciudad, buscar a sus padres y gritar la injusticia que se había cometido pero ahora sabía que aquello que había pasado se había convertido en un secreto difícil de revelar. Ni su boca ni su corazón conocían las palabras para expresarlo por lo que era mejor guardar silencio. Como el silencio largo y agradable que le unía a Carlos. Y Alicia sentía una inquietante melancolía al pensar que pronto abandonaría aquel lecho enorme de suaves y limpias sábanas en el que se veía postrada voluntariamente. No quería volver al mundo.

El último día, tras el sacrificio de sangre, Carlos no se marchó. Abrió un gran armario bellamente encubierto con la decoración de la pared, y extrajo ropa interior femenina y el vestido que Alicia llevaba puesto el día de su llegada a la casa. Con un cuidado y un esmero que hubieran abochornado a la más pulcra de las criadas, fue vistiendo a la joven sin prisa. Luego le peinó los bucles dorados cuidando de no dar tirones y hasta le sujetó el sombrero con horquillas. Alicia estaba tan perfecta, tan inhumanamente perfecta que al mirarse en el espejo se le heló el alma, pues no era capaz de reconocerse en el reflejo. ¿Notarían sus padres la diferencia? Carlos pareció adivinar sus pensamientos y se colocó detrás de ella, mirándola directamente a los ojos desde el espejo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, habló:

- Más divina que la primera vez que os contemplé. El tímido y anhelante capullo que eras se ha abierto para florecer en una mujer, la más espléndida, la más bellamente perversa, mi esposa -y le besó cálidamente el cuello sin esperar una sonrisa-. Soy tu esclavo, tu servidor, ordena mi muerte y la misma sangre de la que te has alimentado se esparcirá en el suelo en este instante y cubrirá la suela de tus zapatos -extrajo el puñal plateado y esperó una respuesta, como Alicia continuó guardando silencio el prosiguió- ... Pero si lo prefieres me convertiré en cómplice de tu venganza, seré la sombra que te guíe hacia la destrucción de aquellos que osaron profanar el sagrado templo de tu cuerpo.

Alicia le mira, se mira... sus ojos se ensombrecen y sonríe. Toma el puñal de Carlos entre sus pequeños dedos y se acerca la empuñadura a los labios recorriendo todo el largo con la lengua. Sorprendida por su reacción, ríe levemente, y se acaricia el rostro con el puñal que va tomando forma de falo en su imaginación. De pronto, toda la excitación contenida, toda la rabia acumulada, parece abrirse paso entre los poros de su piel... y deja de ser Alicia para convertirse en fuego. Carlos sigue expectante la transformación de la joven pero no interviene. Allí se queda, a su espalda, sintiendo el ardor que traspasa el vestido de satén de Alicia y que le quema las manos. Admirándola en el espejo, contemplando extasiado como sus pequeños senos, ahora llenos de voluptuosidad, parecen querer estallar tras el corpiño que los aprieta y él, sin apartar la mirada de la superficie reflectante, desliga las cintas de la prenda con la misma lentitud y cuidado con la que las ató, liberándolos en un acto de piedad.

Alicia se retuerce sobre el puñal, enloquecida. La pasión que le nubla la conciencia la asfixia y lucha contra las ropas que le impiden acceder a su piel, a su sexo hambriento. Se tira al suelo y Carlos se sienta a su vez y la recuesta sobre su pecho llevándole con delicadeza la cabeza hacia atrás y acariciando sus cabellos con cariño. Alicia jadea, grita, hasta que consigue desenredar sus piernas de las interminables capas de tela... su ritmo se desacelera y en el mismo modo en que Camilo, su hermano, le desgarró la ropa interior, ella desgarra la blanca pieza de lino y deja su sexo al descubierto. El tiempo se detiene un instante, como dando paso a un acto sagrado. Alicia respira, luego contiene su aliento y se penetra con la empuñadura del puñal. Siente un torrente de lava que le resbala entre las piernas y que le facilita el paso. Se inclina sobre sí misma y apretando con fuerza el improvisado falo hacia dentro y hacia arriba le llega el orgasmo. Un orgasmo que es como el quejido de una bestia herida, lastimero, agudo... sobrecogedor. Alicia regresa su postura hacia atrás y se queda tendida en los brazos del Marqués, todavía jadeando, con el rostro cubierto en sudor y los ojos rebosando lágrimas.