LADO OSCURO I

By Reina Canalla

 

Alicia te sonríe con su boquita de niña. Qué mirada tan pilluela y dulzona... qué nuevas travesuras estará tramando. Mírala, si casi no tiene edad... Sus pechos son pequeños y firmes, como dos montañas en el horizonte de su cuerpo delgado. Su piel es pálida y se sonroja tímida ante una alabanza a su belleza, mientras sus cabellos rubios y sedosos se rebelan a ser recogidos y caen graciosamente sobre su rostro. Sus manitas finas y delicadas sólo deberían conocer el tacto de las flores, por siempre deberían quedar protegidas por blancos guantes de encaje. Y su cintura... ¿por qué cierras los ojos? ¡ábrelos y contémplala bien! Porque será lo último que veas... Su cintura es la curva perfecta que da paso a sus caderas, tan bien dibujadas que sólo la mano de Dios (o la de Lucifer) podría ser la autora. Sus piernas... oh, qué delito cubrirlas con espesos ropajes, qué pecado ocultarlas a la vista pues son una obra de arte, tan sólo igualadas por sendos piececillos que gustan de correr por la hierba fresca de la albada... qué digo correr... volar, pues casi no tocan el suelo de ligeros y graciosos. ¿Quieres ver más? Acércate, Alicia, mi hermana... muéstrale al señor inspector tu lugar secreto. No seas tímida, niña mía, ven y muéstrale el placer que le hará conocer el cielo y el dolor que le hará desear la muerte. ¿ No es acaso una belleza...? Los rizos dorados juegan a esconder el paraíso de su "boca" ... y ese perfume tan dulce... te aseguro que sabe igual... ¿quieres probarlo? Y bien... ¿qué me dices? Ahora que tus labios impuros notan la calidez, la suave tersura de su sagrado sexo.... dime... ¿no deseas dar libertad a tu lengua? Yo sé que está ansiosa por descubrir la miel que fluye de la entrada al paraíso. Y si tus manos no se hallaran prisioneras de la cuerda también se lanzarían a tan intrépida aventura. Vamos caballero, a quien le espera la muerte no debería rechazar manjares divinos. Sientes el deseo que la invade... su cuerpecito se mueve al baile de tu lengua... su boca te regala gemidos... ¿Quién fuera tu en este momento? Cómo te envidio, amigo, por poder comer lo que a mi me prohibe. El palpitar de su sexo a punto de estallar como volcán... ¡Te envidio! ¡Te odio! Pero sigue con este baile... ¡muérdela! ¡devórala! ... ¡hazla gritar!... Bien hecho, inspector, saborea ahora tu triunfo... ese néctar tibio que se escapa de este cáliz de dioses. Bebe y llénate las entrañas con su esencia.

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- Alicia, cariño, ven un momento... estos señores desean preguntarte algo. Vamos, deja ya ese gatito... cuidado, hija, que te arañará las manos...

La joven se acerca corriendo hasta donde se esperan los dos policías. Sus rubios cabellos en movimiento reflejan el cálido sol de primavera lanzando destellos. La carrera ha encendido sus blancas mejillas y llega jadeante, llena de vida.

- Y bien... ¿qué desean estos apuestos caballeros de mi? ¿En qué puedo ayudarles? - su voz es melodiosa, como música que parece acompañar las flores del jardín.

- Discúlpenos, señorita, serán sólo unas preguntas - el policía más mayor se atreve a romper la armonía que se había creado en el ambiente mientras el más joven permanece mudo, totalmente extasiado - . Em... estamos investigando la desaparición del inspector Lucas Gálvez. Sabemos que había tenido un par de entrevistas con usted, sobre el caso de los asesinatos...

Alicia lleva su mano a la frente y se echa para atrás como si estuviera muy impresionada, el joven policía la asía de las axilas en un temor de que pudiera desmayarse. La joven le sonríe apoyada en sus hombros.

- Gracias, señor... me sentí débil al volver a recordar aquellos.... la muerte de... - dos cristalinas lágrimas aciertan a surgir del borde de sus ojos azules. Se cubre la boca con la mano y esconde su rostro en el pecho del policía joven que la sostiene -. Fue tan horrible... lo leí en los periódicos, a pesar de que mi padre me lo prohibió... los conocía desde niña, eran amigos de mi padre y alguno hubo que me propuso matrimonio... Qué horrible monstruo pudo causarles una muerte semejante...

- Cuanto lamento haberla afectado, señorita. Ruego nos disculpe - el policía mayor hace un gesto al joven para retirarse e inclinando ligeramente la cabeza se despide de Alicia -. Perdónenos, está claro que usted no nos puede ayudar a aclarar la investigación. Buenas tardes y procure olvidar esos incomprensibles asesinatos. De nuevo disculpas.

El joven se despide también, un poco más torpe, tal vez, y con voz temblorosa. Alicia les saluda con la mano mientras se alejan y se apoya en un árbol mirando su jardín. Lucas... que bello cuerpo, piensa, cuanto falta todavía para lo noche, suspira. La noche, esas horas prohibidas en las que puede escaparse de la hipocresía en que vive. Puede dejar de aparentar una bondad en la que ya no cree y dar libertad a sus fantasías más perversas. Cuando todos duerman, se deslizará como un fantasma por la casa, luego por el jardín, oculta entre la penumbra, y se llegará hasta la mansión de Carlos Pertegás, su malvado y astuto Carlos, su prometido, quien le abrirá la puerta sin preguntar y la conducirá hasta el sótano. Y allí se tomará ella el placer del ingenuo inspector, lo disfrutará mientras se bebe su sangre. Y cuando se le acabe la vida al improvisado amante, entonces buscará otro que lo sustituya... Tal vez esta noche invite a su hermano Camilo a gozar de su presa, verlo en acción es algo que la excita.

 

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Año de Nuestro Señor 1885. Lugar: un apacible pueblo de la costa catalana.

Alicia, virgen y pura, tierno capullo de rosa todavía por florecer. Nacida entre algodones, criada entre sedas y blanco satén. El fino cuello de su vestido, aún con corte infantil, bellamente bordado, así también las enaguas que pueden verse por debajo del refinado ropaje. Zapatitos de charol y medias blancas e impecables. Sus rubios cabellos caen en bucles sobre su rostro de niña y en las manos una muñeca de porcelana dulcemente cuidada. Y sus ojos azules como el cielo de verano son, que no conocen la ira ni la pena, y si alguna vez asoman las lágrimas es por los cuentos de hadas que su madre le explica cuando cae la noche. ¿Con que sueñan las niñas? Alicia sueña con un príncipe galante y sonriente que la tome en los brazos y la lleve a un palacio de cristal; y ser por siempre su esposa fiel y guardarle la casa, las ropas y la cama.

- Madre... ¿qué hacen los casados en la cama?

- ¡Qué preguntas, niña! A su debido tiempo lo sabrás.

- Dígamelo, madre, que yo sé que usted y padre no sólo duermen ... que a veces oigo suspiros...

- Calla, calla... que eso que tu quieres saber es mal consejo del demonio - y se santigua la vieja y gorda matrona con su mano cargada de anillos y pulseras de oro y perlas-. Cuando recibas el santo sacramento, tu esposo, con dolor y placer, te lo hará saber.

Y así se queda la dulce y pequeña Alicia, pensando en las prudentes palabras de su madre. Y la intuición, tal vez el instinto, le hacen suponer que todo tiene que ver con el lugar secreto que todas las mujeres tienen, aquel del que no se puede hablar. Y se ruboriza y ríe nerviosa.

De camino a la iglesia, Pedro Faldero, el contable del señor Ferran, les acompaña aprovechando que tenía que entregar unos importantes documentos al señor. En el coche de caballos, se sienta al lado de Alicia que viste un casto y sencillo vestido negro y un abrigo del mismo color ribeteado de piel.

- Está muy bella usted esta mañana, señorita, si me permite expresarlo -pero Alicia no le responde y sigue mirando el paisaje -. Oh, ya sé que sólo soy un contable pero tengo haciendas y rentas, a mi lado no le faltaría ningún lujo.

Alicia se digna a mirarlo. El señor Faldero es delgado y encorvado, tiene más de cuarenta años y su rostro está arrugado y gastado. Lo ve pasarse la lengua por los labios, que debían estar demasiado secos por la emoción, y siente nauseas. Tose ligeramente y vuelve a mirar el paisaje mientras su padre sube al coche y se pone a hablar de negocios con el malogrado pretendiente.

En la entrada al recinto religioso, Cerino Gros, propietario de la fábrica de embutidos de la comarca, un hombre gordo y no muy alto, todavía joven pero increíblemente fatigado por el peso de los kilos, saluda a la joven con una grotesca inclinación de cabeza. Extiende la mano esperando recibir la de Alicia para besarla pero la hermosa señorita pasa de largo, disimulando el horror que le produce tan seboso millonario.

El silencio de la iglesia contrasta con el ruido exterior de los carruajes y las charlas de las personas que van llegando. Comienza la misa y todos callan y escuchan. En el coro, un joven treintañero, Perico Gallindo, hijo del alcalde, alzando su estridente y algo sonora voz. El muy presumido quiere destacar pero sólo logra desentonar el coro. Viste muy elegante, o eso cree, pero estaría mejor si en vez de querer lucir los nuevos tonos que hacen furor en París, se conformara con el gris. Alicia, sin querer, le mira de reojo, y éste, que lo estaba esperando aprovecha para guiñarle un ojo y subir el volumen del canto. La niña suspira asqueada, hasta en su asiento puede olerse el perfume profundo y agobiante de Perico, también importado de París. Quiera Dios y el señor su padre que ninguno de esos tres obtenga el consentimiento para ser su esposo.

Camilo, su querido hermano mayor, que estudia filosofía y literatura en Barcelona, le toma las manos.

- ¿En qué piensas que suspiras? - le dice Camilo.

- Rezaba, hermano, rezaba por la gracia de Dios.

- ¿Y quien podría a ti negarte ninguna gracia, pequeña? -cariñosamente le besa las manos y las deja de nuevo sobre el regazo de su hermana.

 

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El invierno deja caer sus fríos copos de nieve sobre la villa de los Ferran. Los jardines se cubren de blanco y el tejado parece de algodón. Alicia toma la nieve entre sus manitas y juega a pintarse las mejillas con el frío elemento. Pronto queman sus manos, quema su rostro, el hielo se deshace y las gotas de agua descienden por su cuello terso filtrándose entre sus vestidos, acariciando sus senos, sus rosados pezones inmaculados que se erizan y se marcan tras la camisa de encaje. Una criada entra en la habitación y la regaña.

- Niña Alicia ¿qué hace usted que no está vestida?

- Ayúdame, Merceditas, soñaba y me he dormido...

- Será que se ha dormido y soñaba

- No, no... que yo ya me entiendo -y ríe la risueña Alicia.

- Dese prisa, señorita, que su prometido está por llegar, no es de buena educación hacerle esperar.

- Y dime, dime... ¿lo has visto alguna vez?

- Vino un día a hablar con el señor.

- ¿Y cómo es? ¿Joven o viejo? Es alto y galante o es gordo y desagradable.

- Jaja, no se lo diré, así la sorpresa será más grata.

- Venga... va.. no seas mala... - Alicia juega a hacerle cosquillas.

- Niña traviesa, aquí no se toca - la aparta con delicadeza la criada cuando las manos de la niña ya se adentraban bajo la camisa-. Espere, espere y verá que buen partido le ha buscado su papá -y mientras así habla le aprieta el corsé a su joven señorita-, es un amigo de su hermano, licenciado en medicina y de padre noble y francés.

Ya desciende Alicia las escaleras, con su vestido de largo y sus cabellos recogidos en un gracioso moño. Su madre al verla se echa a llorar, si ayer era una niña y mírala hoy que ya es una mujer. Carlos de Pertegás, primogénito del Marqués de Pertegás, le toma la mano a la joven y la besa delicadamente, sube luego la mirada hasta sus ojos y de allí no se mueve.

- Me dijeron que era usted hermosa pero no detallaron bien... No es usted hermosa, es divina. Un altar le hago en mi corazón y he de rezarle a diario una oración de amor sino culpable seré de herejía.

Se acerca más el galán hasta que sus respiraciones se confunden y Alicia, ruborizada, intenta no desmayarse. Le gustaría hablar, dar unas simples gracias pero la voz se traba en su garganta y no puede articular palabra.

- Niña, que te has quedado muda - la grotesca y ronca voz del señor Ferran-. Jajajaja.. entiéndalo, Carlos, la niña es la primera vez que es cortejada - y ríen los dos, suegro y futuro yerno.