LADO OSCURO VI

By Reina Canalla

Odio

La casa estaba en silencio cuando llegó el inspector Lucas Gálvez. Había anunciado su visita el día anterior, tras conocerse el asesinato de Perico Gallindo, el primogénito del Alcalde. Toda la familia Ferran, acompañada de los sirvientes, le recibieron en la sala y se mostraron amables al responder a sus preguntas. Pero de todas las sonrisas, invitaciones a tomar café y pastas, y expresiones de aflicción por la serie de asesinatos, el joven inspector llegado de Madrid sólo sacó una deducción en claro: que Alicia Ferran era la criatura más hermosa y angelical que hubiera conocido nunca y que era comprensible que los fallecidos hubieran solicitado su mano. Pero Alicia ya estaba prometida al Marqués de Pertegás, era oficial, no tenía sentido acabar con unos pretendientes rechazados. Tal vez el Marqués podría haber sentido celos... no, ridículo, había hablado con él la tarde anterior cuando algunos testigos afirmaron que vieron subir a Gallindo en su coche. El Marqués era joven, inteligente y muy atractivo, nada que envidiar a Gallindo, Faldero y mucho menos Gros. No había móvil del crimen y aceptó de buena gana la explicación que le había dado sobre acompañar a Perico a casa de Maria la Caliente, los jóvenes solteros tienen necesidades imperiosas, alegó. Además, la Srta. María había confirmado la coartada. ¿Dónde fue Gallindo después de calmarse los calores?

No, no había nada claro, solamente Alicia que palidecía por momentos, traumatizada seguramente por la crueldad de los asesinatos, y que le hizo sentirse culpable de cobardía por torturarla con preguntas indiscretas.

La Sra Ferran tomó la mano de su hija:

- Alicia, hija ¿qué tienes?

-Madre, ¿quién ha podido hacer algo así? -y las lágrimas regaban su inmaculado rostro.

-Oh, hija, no pienses más -la madre la abrazaba contra su prominente pecho para consolarla.

El inspector Gálvez decidió retirarse lamentando mucho las malas noticias y prometiendo ceder dos guardas para que velasen por la seguridad del Marqués. Camilo Ferran reía irónicamente por dentro al escucharlo ¡¡era a él a quien había que proteger de su hermana!! Le cortó el pasó en la entrada y le preguntó sin tapujos:

-¿Cómo murió Perico?

El inspector titubeó, intentó encontrar las palabras precisas, las más agradables para describir el horror que había presenciado... pero se decantó por una palabra sencilla y breve:

-Descuartizado.

Y no dijo más, omitiendo expresamente los detalles forenses: que su interior parecía un nido de cucarachas. Camilo tubo suficiente, no se sentía de ánimos para escuchar detalles escabrosos. Había decidido viajar a Barcelona tras la muerte de Gros, después de los nuevos acontecimientos, no retrasaría ni un día más su partida.

Los vapores de opio inundaban el tugurio. La mujerzuela movía su enorme trasero complacida de haber cazado un señoritingo y se lo mostraba sin pudor añadiendo algunas obscenidades que la hacían todavía más repulsiva. Furioso por haber perdido el control de la situación, Camilo la empujó contra la mesa y la perforó por donde pensó que más le dolería. Empujó con fuerza y rabia pero ella no sufría, más bien se reía a carcajadas y se apretaba contra él para sentirlo mejor. Poco duró el provinciano, esparciéndose sin reparos dentro de ese culo glotón. Al acabar, colocó un billete en el dilatado agujero y salió avergonzado por la puerta. Carlos le estaba esperando con el coche.

-Sube, amigo, y deja de hacer el ridículo. En estas calles no hallarás placer, más bien enfermedades y algún violento anhelante de tu reloj.

-¡Carlos! -se sorprendió Camilo al verlo- Me hasss seguido...

-Borracho y drogado, será mejor que te lleve a tu casa ¿Dónde te hospedas?

-Deberiash saberlo tu mejor que yo... jeh... pero no sería prudente acabarrrr conmigo en la zona altta ... ¡acabemos ya! ¡mátame ahora!

Camilo cayó de rodillas sollozando:

-¡Mátame ya! ¡No me dejes en sus manos! ¡Por nuestra amistad, qué sea rápido!

El Marqués bajo del carruaje y le ayudó a incorporarse.

-¿Qué has tomado?

-Deee toddo... -dijo Camilo entre risas y llantos.

Carlos lo subió al coche y dio instrucciones al leal cochero para dirigirse a su piso de la Eixample.

Era un piso de última generación, con diseño modernista, el objeto de deseo de cualquier burgués adinerado. El bloque estilizado con aire gótico e inmensos ventanales decorados, disponía de tres plantas, el Marqués ocupaba la planta superior. Subieron las escaleras a trompicones, armando más ruido del soportable por tan finos vecinos. Susurros tras una puerta, seguramente una criada mirando por la mirilla, Carlos era consciente que, de acabar con Camilo en Barcelona, todas las sospechan recaerían sobre él.

La puerta se abrió y dio paso a la absoluta oscuridad: las cortinas estaban echadas. Camilo se estremeció. Una nota de piano, seguida de otra... din... dan... y un suspiro inconfundible: Alicia.

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"Alicia" , susurra Camilo escudriñando en la oscuridad. Intenta retroceder, asegurarse la salida, pero Carlos se interpone y la puerta se cierra tras de si. El corazón late con fuerza, espera de un momento a otro las manos de su hermana en su cuello, y le cuesta imaginarse su dulce expresión de ángel convertida en la de una asesina.

"Alicia", vuelve a susurrar cuando nota el cálido aliento sobre su rostro húmedo de sudor. "Alicia...". La tortura del silencio, sentir su presencia tan cercana y no poder verla. "A-li-cia...", le falla la voz y las palabras caen desmayadas de la boca. Quiere estirar la mano, tocarla, tenerla controlada, pero el miedo retiene el impulso. ¿Qué es lo que le da tanto pavor? Alicia es pequeña, es débil, podría derrotarla de un solo golpe, arrancarle la falda y tomarla a la fuerza tantas veces como quisiera. ¿Entonces? ¿Por qué ese miedo sin sentido? Es la fría serenidad de un ángel castigador. Alicia es la seguridad, es la precisión de movimientos, el control absoluto de los sentimientos. Tanto poder en una criatura tan joven es lo que aterroriza.

Los pequeños dedos acarician su órgano escondido dentro de los pantalones... Antes de que pueda rebelarse, el Marqués le ha aferrado los brazos. Jadea asustado, qué otra cosa puede hacer, mientras su hermana desabrocha los botones con intencionada lentitud y delicadeza. Se siente desnudo e indefenso, los pantalones y los calzones caídos a sus pies, enredándole las piernas. Alicia enciende una vela y puede por fin verla con claridad: está hermosa y radiante, vestida con un traje de corte masculino, podría confundirse fácilmente con un muchacho, con un criado del marqués. No entiende por qué, a pesar de la incertidumbre, de la sombra de muerte que se cierne sobre su cabeza, su sexo está reaccionando a la mano que lo sujeta con cuidado. Y no quiere pero no puede evitarlo: el falo endurecido, anhelante, reposa en la mano de la bella.

El fuego llega con dolor. Carlos le tiene inmovilizadas las manos y el cuello para evitar que un movimiento brusco dañe a su prometida. Pero el dolor es agudo y Camilo se sacude con todas sus fuerzas, con todas las fuerzas que puede tener alguien castigado recientemente por el alcohol y el opio. La cera cae por la fina piel que recubre el sexo, riachuelos que serpentean y al momento quedan convertidos en senderos de perlas. Una y otra vez, la niña experimenta, observa con curiosidad la tensión, el temblor, y el movimiento de látigo de ese órgano duro que se le muestra arrogante y agresivo pero que a la vez es tan frágil y fácil de destruir. Mientras juega, piensa su próximo paso, cómo alargar el sufrimiento hasta que su venganza quede satisfecha. Levanta la cabeza del sexo de Camilo y vierte en su interior la cera ardiente de la vela... Camilo lanza un aullido desgarrador antes de desvanecerse en los brazos del Marqués.

Al abrir los ojos, no ha despertado todavía de la pesadilla. La habitación se halla ahora alumbrada por la lámpara de gas y él está atado a una silla, completamente desnudo, con las piernas abiertas firmemente sujetas a los travesaños. Alicia le sonríe con el costurero en la mano. Extrae las tijeras que deja reposando en el muslo de su hermano y toma varios alfileres. Los va clavando uno a uno en el sexo desmayado que, curiosamente, vuelve otra vez a estimularse. Él se retuerce, intenta volcar la silla pero el Marqués se lo impide abrazándole por detrás.

-Se merece su venganza -dice Carlos

-¡Por Dios! ¡Mátame ya!

-No quiere que mueras...

La negación desconcierta a Camilo pues significa que su destino ha de ser peor que la muerte. Grita y llora sin atreverse a suplicar, con la vana esperanza de alertar a algún vecino y poner fin a este suplicio. Pero los vecinos son sordos, o están bien pagados o acostumbrados a la excentricidad del noble. De pronto, Alicia le abofetea.

-¡Sé un hombre! Deja de gemir como un niño

Su mirada severa refleja una Alicia diferente, desconocida. El miedo da paso a la admiración: Alicia es un diablo en un cuerpo de princesa. Por un momento, Camilo cede a la tentación de dejarse torturar, de rendirse ante la superioridad de su hostigadora, deleitarse en su sufrimiento regalándole la satisfacción que ella tanto ansía. Se da cuenta, para su espanto, que esos ojos celestes encendidos de sadismo le excitan hasta bloquearle la razón.

Alicia, intuitiva, no menosprecia la chispa que ha visto en su hermano y comienza a desnudarse ante él. Carlos la ayuda, excitado también por la complicidad que reina en el ambiente. Desabrochándole el pantalón por detrás, introduce la mano entre sus piernas para comprobar si está preparada y se pega a su espalda, sexo contra sexo, esperando obediente una señal. Alicia, sin dejar de mirar fijamente a Camilo, conduce a Carlos y le ayuda a entrar, arqueándose mientras él la asía por la cintura para facilitar el acople. Imposible reprimir la expresión cuando el placer recorre el cuerpo. Alicia gime sonriendo, controlando el movimiento de su amante furtivo.

Camilo ya no percibe el dolor de las agujas en su órgano, es más fuerte y angustioso el sufrimiento de desear a esa mujer que está siendo poseída ante sus ojos. Esa rosa que se abre sin dolor tragándose por entero todo lo que Carlos tiene para ofrecerle, que no es poco. Las femeninas caderas que se mueven sutiles en pequeños círculos acariciando un sexo que no es el suyo; y ahora lo atraen, ahora lo empujan, lo levantan, lo vuelven a entrar hasta el fondo. El marqués se deja llevar por este baile lento y rítmico, sintiendo que su placer quiere estallar, pero ella no se lo permite, parándole a tiempo y separándose de él con ternura.

Y Camilo siente subir la sangre hirviendo cuando puede contemplar la vulva abierta, enrojecida por el goce, hambrienta todavía de carne y fricción. Su órgano responde a la llamada, hinchándose hasta el límite, provocando la caída de los alfileres poco profundos. Con las manos atadas no puede tocarse pero bastarían sólo dos o tres sacudidas para liberar el ansia acumulada y dispararse como un volcán en erupción. Lucha con las cuerdas cortándose la piel, aprieta los dientes de tal modo que parece vaya a partir la mandíbula. Cómo se ríe Alicia al verlo tan fuera de si.

Alicia susurra una orden al Marqués y se acomoda en el taburete de terciopelo, apoyándose contra el piano. Con las piernas a ambos lados, el sexo desprotegido de cualquier refugio, se acaricia y se introduce los dedos buscando alcanzar el clímax.

Camilo se cree morir, respira profundamente al advertir un fuerte pinchazo en el pecho... Entonces, Carlos de Pertegás, situándose enfrente, negándole la excitante visión, apoyándose en sendos posabrazos y ligeramente inclinado hacia delante, le hace notar su duro sexo contra el suyo castigado. Camilo muestra en su rostro el espanto, comprende bien el veredicto y la sentencia a la que se le ha condenado: ojo por ojo, diente por diente...

Carlos le tira hacia delante, hasta sentarlo en el borde de la silla. Con los pulgares, le estira la piel alrededor del ano intentando entreabrirlo para poder entrar pero Camilo está cerrado como una fortaleza. El marqués interroga a Alicia con la mirada y ella se limita a asentir. No toca otra solución que forzar la entrada, primero un dedo... Camilo siente el desgarro ante la innatural acción, luego un segundo... Inconscientemente, en vez de ceder y relajar el músculo, se aprieta con más fuerza y obliga a Carlos a ejercer palanca. Es una lucha sin tregua en la que sólo puede haber un ganador. Carlos aprovecha el mínimo hueco para adentrarse con todo su poderío y en el esfuerzo por clavarse, por irse abriendo paso en tan angosto lugar, vuelca la silla.

Camilo apenas nota el trueno en su cabeza, es su carne destrozada la que le duele y le obliga a gritar a cada nueva acometida. El cuerpo de Carlos oprimiéndole el pecho, el sudor de su amigo cayendo en pesadas gotas sobre su frente, empapándole los rubios cabellos... Carlos arremete definitivamente, cubriendo cuan largo es el interior de Camilo y se detiene para recuperar el aliento. En la obligada pausa, los dos jóvenes intercambian una mirada. Camilo, avergonzado por la obligada intimidad, siente el gran sexo de Carlos latiendo profundo... ¿Se le exigirá también que reciba el semen que pugna por saltar? Gimotea, al fin pide clemencia:

-¡No! ¡Eso no! ¡Por favor, no! ¡Alicia, perdóname! ¡Haré lo que me pidas! ¡Seré tu esclavo pero eso no! ¡Por favor!

Alicia no responde, su respiración entrecortada indica que se haya cerca del orgasmo. Se está conteniendo, esperando el momento cúlmine...

La súplica de Camilo no es respondida y Carlos se retira despacio, frotando su órgano contra la lacerada y apretada carne, que se le antoja ardiente como un lecho de lava. Jadea, el placer le nubla la mente, y se lanza sin piedad, con todo su vigor, contra Camilo. Una, dos, tres veces, ignorando el padecimiento del que le recibe, hasta que escupe con fuerza la esencia caliente, fuego en las entrañas de Camilo, fuego que se mezcla con las heridas abiertas tiñendo de blanco la sangre. Tarda unos segundos más en vaciarse y sale definitivamente de Camilo para ir en busca de su ángel amado.

La encuentra tendida sobre el taburete, con el sexo palpitante untado en cálido néctar, exhausta. Y la besa en los labios y luego en el sexo, succionándolo con sutileza hasta beberse todo lo que de ella emana.

Las sombras juegan a dibujarse sobre el techo, parecen niños que se esconden tras la lámpara de cristal y ríen entre dientes sus travesuras... Un rostro de muñeca con largos tirabuzones de oro plateado, una infancia lejana... Alicia. Camilo la recuerda, ignorando el líquido que supura sanguinolento de su obertura, la vista clavada en la memoria, con sonrisa ida de loco. "Alicia".

FIN